La primera vez que se dejó ver por mi fue cuando yo tenía casi 5 años de edad.
Me encontraba jugando en el patio de la vecindad donde vivíamos (siempre he sido más bien pobre) cuando mi madre salía a llamarnos para comer. Mis hermanos menores, siempre más obedientes que yo, dejaron al instante el juego y corrieron a la cocina, la verdad es que yo me entretuve un poco más en el patio.
De pronto, mientras estaba agachado levantando unos juguetes, noté que todo cambiaba, me daba cuenta que mi sombra se hacía extraña; levanté la vista y noté que las cosas, los objetos alrededor, se veían claramente más "blancos", no como si brillaran, pero sí como si una luz especial cayera sobre ellos.
Levanté la mirada al cielo porque me daba cuenta que todo venía del sol. Efectivamente, la luz del sol era distinta, absolutamente distinta a la ordinaria: más suave (no me lastimaba los ojos mirar directamente al astro) más "cálida", y no era blanca, sino azulada [como comprenderás, no puedo describir exactamente lo que ví, no soy capaz ni aún cuando han pasado años]
Miraba al sol y de pronto, enmedio de la luz balnco azulada, cálida y brillante, aparecía un hombre. Lo miraba, pero no puedo describir su rostro ni rasgos particulares, es decir, no sé si era bello o feo, si era rubio o moreno, si tenía el pelo de tal o cual manera.
Lo que sí pude percibir fue una intensa sonrisa... Dios, es la sonrisa más hermosa, más humana, más amorosa, más..... que nunca he visto [esto me hace pensar que sí vi su rostro, pero que no lo recuerdo o siemplemente que no soy capaz de describirlo porque no tengo registros en mi memoria para hacerlo. Sólo Dios lo sabe]
Yo me quedé enajenado viéndolo sonreír... no me movía, no porque no pudiera, sino porque no quería dejar de verlo, sabía que si lo hacía, moriría de dolor.
En eso, el Hombre buscaba entre sus ropas, con el gesto que hace un hombre que quiere sacar el bolígrafo de la bolsa de su camisa cuando tien un saco puesto. Cuando "sacaba" su mano de entre la ropa, ví que tenía un objeto en ella. Al momento me tendía el objeto.
A pesar de la distancia entre el sol y yo, la mano del Hombre llegó justo frente a mis ojos de niño y ví que lo que tenía en la mano era su Corazón, que palpitaba.
El gesto era claro: quería que tomara su Corazón, me lo estaba dando.
Cuando iba extendiendo mi mano para recibir el Corazón, mi madre salió al patio y me gritaba. Escuché su voz en la lejanía, pero la reconocí y volví el rostro para verla. Al hacer esto, la luz, el Hombre y el Corazón ya no estaban. Todo había vuelto a la realidad.
Nunca supe que había sido esto. Supuse que todas las personas podían haber visto cosas como esa.
Años después supe que no y entendí quién era ese Hombre: Jesús, mi Maestro, mi Amado.