jueves, 22 de noviembre de 2012

¡Oh sorpresa!



Dios es Todo
Y está en todo.

Dios es el agua que bebo
El aire que respiro
La sangre que recorre mis venas
La conciencia con la que me doy cuenta.

Dios es el amor que puedo sentir
El beso de cariño que doy
Y la caricia de pasión que me enciende.

Dios es la música, la poesía, la forma y el color.
Lo suave, el perfume y la belleza.
Dios es el árbol, la planta y el abejorro
El ave, la mofeta y el delfín.

Dios es Dios, sin duda alguna,
Y fuera de Él no hay otro ser.

Y ¡Oh sorpresa!
Dios también es yo en forma humana
Porque “yo” no soy verdad, sino apariencia
Que acabará cuando la finitud se desvele
Y no quede más que Él
Que siempre ha sido.

De la Unidad a la conciencia de la Unidad

Dicen los Mestros: Todo es Dios.

Si acertamos a creer esta verdad, llegaremos pronto a la conclusión de que NO estamos separados de Dios, No hay un lugar donde Dios esté y un sitio donde no esté, que NO tenemos que "llegar a Dios" porque en Dios somos...

Si reflexionamos un poco más, llegaremos a la conclusión de que si TODO ES DIOS, y yo soy parte de ese todo, yo soy Dios, ni siquiera existo por mí mismo, el que soy no es realmente.

El Evangelio de Tomás nos conserva una frase de Jesús: "Levanta la roca, ahí estoy. Parte la madera, ahí me encuentro" parafraseando podemos decir "Mira tu ser, ahí estoy yo. Observa tu cuerpo, ahí me encuentro".

Esta Unidad fundamental y fundacional de todo lo creado es lo que los místicos experimentan: Todo lo que parece existir como no-Dios (las cosas, el universo, los animales, la mente, el cuerpo, las emociones) en realidad es una expresión de Dios mismo. Jugando con nuestro limitado lenguaje podemos decir que las cosas, los seres somos "Dios en forma de...." o "Dios manifestado como..."

Entonces, Dios es esta vida, Dios es esta historia, Dios es cada cosa, Dios es cada animal, Dios es cada humano (y todas las cosas, toda la vida, todos los seres, todas las historias de todos los mundos, claro está) Beber la vida es entrar en comunión con Dios.

Y la vida completa, pues, no sólo la vida religiosa o la vida espiritual, sino TODA la vida: beber el agua, cantar la canción, besar unos labios, orar, meditar, ir de compras, tener sexo.... todo, absolutamente todo es Dios y, por ello, posibilidad de comunión con Él.

¡Pero si acabamos de decir que Él es todo! ¿Cómo es eso de "entrar en comunión" con Quien estamos unidos?

No se trata de CREAR la comunión, pues ésta es dada en la esencia misma del universo. No "entramos" en comunión con nada ni con nadie.

Se trata de SER CONSCIENTES de la comunión que es el fundamento de todo.

Los preceptos religiosos, las prácticas espirituales no son otra cosa que medios de recordar lo que hemos olvidado: Dios es Uno, uno es Dios; Dios es Todo, todo es Dios.

En nuestra tradición, el Recordar a Dios con la invocación de su Nombre es un medio. Sentarnos en la Presencia del Bendito es un medio para hacernos cada vez más conscientes de la Unidad que subyace en todas las cosas, de la Unidad que sostiene mi ser en la existencia.

Si no hemos experimentado la Unidad, sigamos practicando hasta que se nos conceda.

Si la hemos experimentado, sigamos practicando para no olvidarla.

"El Mesías está en tu corazón - dice Jesús - síguelo ahí"

jueves, 1 de noviembre de 2012

Él es todo, todo es Él



Dice un antiguo himno cristiano celta: “Cristo en mí. Luz sobre mí. Tierra debajo de mí. Amor que me rodea”

La luz que brilla sobre mí es Él. La tierra que pisan mis pies, es Él. El aire que respiro, es Él. El alimento que como y el agua que bebo – frutos de la tierra y regalo del cielo – son Él.

Cada paso que doy, lo doy en Él. El bosque, la ciudad, el metro, mi casa…. Mientras sea “tierra bajo mis pies” son Él.

Todo amor que me rodea: mis padres, mis amigos, mi pareja, mi perro… todo amor que me rodea es Él. Y todo amor con el que yo rodeo a otros seres es Él, porque ¿no es el Amor su naturaleza más íntima?

Él es en mí y yo soy en Él. Vivir en mí y vivir en Él es mi más profunda realidad, mi más sólida identidad, mi más auténtica verdad. Soy un hombre habitado, parafraseando una poesía que leí, soy dos y más que dos, soy más que sólo yo mismo.

No hay relación más estrecha que la que hace que uno viva en el otro y el segundo viva en el primero, por eso decimos que la relación con Él es AMOR. Se trata de una relación inseparable, irrompible, eterna, que en este mundo es de dos, pero que luego será de UNO.

Pensar en esto la próxima vez que coma, que beba, que bese, que acaricie, que camine, que respire, que ve, que escuche… Todo es Él. Eso es lo que llamamos AMOR de Dios por nosotros.

martes, 31 de julio de 2012

De un sufi cristiano de Egipto

"Mi maestro es Jesús, lo llevo en el corazón y hablo con él cada día y me dejo llevar por su ejemplo y por su voz, la cual oigo dentro de mí cuando todo está en calma, pues Jesús no ha muerto ¡Él está vivo!
El nazareno fue el Maestro enviado por el único Maestro para ofrecernos una nueva alianza más perfecta y espiritual que la anterior.
Tu reino no es de este mundo, pero tienes que retomar el Camino, experimentar las Señales que Dios pone en tu vida sin juzgar previamente hacia dónde te llevarán. El Espíritu Santo guía los pasos de todos los hombres que se ponen en Manos de Dios imitando a Jesús. Hacia Él es el Retorno. En Él creemos y en Él confiamos, en Sus Manos encomendamos nuestros espíritus.
 
Quiero decir que te dejes llevar hacia donde Él quiera guiar tus pasos, pues aunque el Camino sea duro, hacia Él es el Retorno. Quiero decir que pongas todo tu ser, tus actos, vida, pensamientos y aspiraciones a Sus Pies. Ése es el comienzo, ése es el primer paso del caminante en la senda de los sufíes cristianos.
 
Arrepiéntete de todos tus pecados, promovidos por tu ego, acepta a Jesús en el corazón como tu Maestro y cambia tu raza, que desciende de Adán, por la raza del nuevo Adán que es Cristo, quien bautiza con fuego y hace nuevas todas las cosas pues el fuego de la pasión por Dios quema del corazón todo lo que no es Dios. Luego, ponte por completo en Sus Manos y di, junto a Pablo: “Todo lo puedo siguiendo a Cristo, pues Dios me fortalece.”
 
Debes buscar lo que queda del mensaje original de Jesús en tu alma y no fuera de ella. Debes borrarlo todo y empezar de nuevo sin el color de ningún gusto o predilección preconcebida. Buscando lo que otros han dicho y creído de Jesús, te has olvidado de Dios y de imitar verdaderamente a Cristo.
Recuérdalo de nuevo, en la mañana y en la noche. Sobre todo, ponte de rodillas e inclínate ante tu Señor cuando en la mañana no es de día y en la tarde no es de noche. Levántate y recuerda. ¡Bautízate con el fuego de la Pasión y cambia tu mosto por el vino añejo!
 esús condujo a todos los seres hacia Dios, no puedes conocer a Hijo sin Amar al Padre y viceversa. Sólo haciendo lo que Jesús hacía, serás realmente su discípulo. Él dijo: No todo el que diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la Voluntad de mi Padre.
La Taberna es un estado. Todos los que entramos en ella deseamos imitar a Jesús siguiendo sus pasos. Le reconocemos como el Maestro enviado por el único Maestro y nos ponemos por completo a su servicio.
La Taberna es el lugar de los que lloran y sufren por la separación del objeto de su amor.
Es el círculo secreto de los corazones que danzan como juncos arrullados por la corriente del río sagrado cuyo nombre se esconde bajo los designios del Altísimo y que conduce inexorablemente hacia Su Divina Presencia.
Es la reunión de los hombres notables que se han despojado de todo y solo a Dios se han dado. En ella no hay nada, ni en ella habita nadie… ése es el secreto de la Hermandad en la Taberna, donde solo se respira el perfume de la Pasión y Dios se manifiesta.
El camino hacia ella nos lo enseñó el Hijo del Hombre, pero acceder a su interior no es tarea sencilla pues a su guardián no lo puedes engañar. Cuando consigues entrar es como un manicomio pues todos, dentro, están locos y el único lenguaje es el de la locura. Los que en ella residen son extraños a todo salvo a Dios. Es allí donde únicamente sirven el vino añejo.
Mi querido hermano, el vino es el recuerdo incesante de Dios en el corazón de los hombres. Su sabor es amargo para el mundo, pero embriagante para el enamorado pues, una vez que lo prueba, ya no desea tomar otra cosa.
El vino solo afecta a quien previamente ha buscado con anhelo su amargo sabor y descubierto dentro de sí primeramente el sabor del mosto.
La Sagrada Copa es el Hijo del Hombre. La ambrosía su regusto. El lecho donde se descansa de la embriaguez es el abrazo del Señor.
Buscar beber de la Sagrada Copa es desechar a cualquier otro copero que ofrecerá a la postre otra bebida que sin embargo no calmará la sed. Después debes beber vino hasta olvidarte incluso de ti mismo. Debes estar totalmente ebrio para acceder a Su alcoba.
Es justamente en la Taberna, donde, por la amistad con los locos, puede cambiar el principiante su mosto joven por el vino añejo y embriagarse del todo."

Poema sufi


"Jesús, tu camino es misericordia, amor, perfección y paz para el mundo.

Tú no derramaste sangre y los débiles y los huérfanos no fueron insignificantes a tus ojos.

Tú eres el que carga el dolor de los sufrientes, aunque en tu nombre se provoca tanto dolor.

Tú conduces al mundo a la hermandad, aunque en tu nombre la hermandad es rota.

Tus gritos son escuchados cada día en la cruz de la existencia

Porque aquellos que son enemigos de Dios y de sus hijos,

Han mezclado tu cruz de amor con espadas, armas y toda herramienta de tortura, destrucción, marginación y muerte."


Ahmad Shawqi

Ese sufi llamado Jesús

"Resumo, a continuación, en diez puntos bien concisos, las claves para entender el alcance de dicha experiencia jesuánica del corazón. Lo que aquí recojo, así pues, no son sino las intuiciones espirituales fundamentales de ese sufí tan particular llamado Jesús.

1. Divinizarse es el ideal último del hombre. La auténtica divinización es plena humanización. Ello comporta hacerse uno con el Padre. Pero no hay divinización (théosis) posible sin un completo vaciamiento (kénosis).

2. A dicho vaciamiento Jesús lo denomina volverse como un niño. Ser como un niño comporta transformarse de cuajo en una persona sencilla, descomplicada, espontánea, virginal, amorosa. Al mismo tiempo, el hombre-niño es alguien que tiene fe, es decir, que confía radicalmente en la vida, y que acepta cuanto viene (¡que cada cual cargue con su cruz!), superando todo par de opuestos.

3. Quien se hace uno con el Padre es el ser humano completo por antonomasia del que hablan los sufíes, al-insân al-kâmil, aquel que ha ensanchado tanto sus límites que es capaz de incluir todo cuanto existe. Todas las posibilidades del hecho humano le son posibles. Y ese, el hombre completo o cósmico, habla todas las lenguas, esto es, es capaz de empatizar con todo el mundo sin excepción, desde el niño al adulto, desde el docto al humilde iletrado. Ése habla también el lenguaje de la naturaleza y el lenguaje del cosmos.

4. Dios, que es como un Padre, es pura misericordia. Hacerse uno con el Padre es hacerse permeable al amor, que es el motor del mundo. Y quien es amor sólo puede comunicar amor incondicional por todos y todo cuanto existe.

5. La metodología espiritual de Jesús incluye tres elementos: el ayuno, la oración y el retiro, que no son sino otra forma de referirse al autocontrol, la interiorización y el distanciamiento. Al mismo tiempo, insta a adoptar una actitud constante de atención y vigilancia, que es estar en estado de presencia viva en todo momento, incluso durante el sueño. Las formas posibles de la oración son muchas, pero una de ellas consiste en empaparse de expresiones, a manera de fórmulas repetidas ad infinitum, como el dhikr de los sufíes.

6. La espiritualidad de Jesús es compartida y comunitaria, pero no es para todo el mundo, porque no todo el mundo es capaz de dejarlo todo, es decir, ¡de dejarlo todo!, incluso aquello más querido, la familia, o lo que más retiene, el dinero. La esencia del grupo espiritual, su dinámica interna, es el servicio desinteresado a los otros. Sólo quien vive en el amor deja de competir consigo mismo y con el resto. Vivir en grupo implica a renunciar a todo poder. ¡Los últimos serán los primeros!

7. Implicarse en el camino interior comporta apuesta sin reservas de ningún tipo, y radicalidad, esto ir, ir a la raíz de las cosas y actuar desde el enraizamiento en la verdad. Todo cuanto obstaculice, ha de ser erradicado, es decir, arrancado de raíz.

8. El camino interior no suple ni sustituye nada, ni tampoco solventa los avatares del vivir cotidiano, ni da soluciones a nada concreto. Y, por supuesto, el camino interior no tiene por finalidad construir un estado moderno. ¡Al César lo que es del César!

9. Quien transite por el camino interior tolerará, aceptará y perdonará todo salvo una cosa: el atentado contra el espíritu, que no es sino poner trabas e impedir que el amor ame y transforme el mundo.

10. Jesús, todo Jesús, se resume en una sola y única expresión: no basta con dar, hay que darse por completo. De ahí que el maestro judío de Nazaret no posea una doctrina que enseñar; lo que muestra es él mismo, la enseñanza es él, su persona. Sólo ése, quien se ha dado sin reserva, conmueve, porque sólo eso conmueve. Y esa es su autoridad, de ahí brota: de su nada llena de todo, de su vacío que es plenitud."

Hail Bárcena

Jesús para los sufis

"Para los Sufis, Jesús es el sello universal de santidad. Las siguientes palabras de Tirimizi son la suma de lo que Jesús significa para ellos:

Es el siervo. Dios ha realizado su obra a través de Él. Él se mueve en las manos de Dios. Dios lo ha distinguido y lo ha hecho el líder de su creación. Es la posesión privada de Dios, el objeto de la predilección divina, la mina de los secretos del Amado. Es el látigo de Dios en la tierra, por él Dios juzga a su creación entera, y por buscarlo a él, Dios levanta a los corazones muertos y los torna a sí.  Por él Dios reafirma su amor a la humanidad. Él es la llave del camino recto, la luz del mundo. Él es el más fiel de todos los santos y su líder, por lo que todos, a una voz, glorifican a su Señor por tan excelso mensajero. Dios lo ha exaltado sobre todo nombre, y en su vista se deleitan todos los mensajeros de Dios.


Dios ha capturado su corazón y lo ha poseído desde el comienzo de sus días. Dios le ha dado su gracia, su sabiduría, por lo que él ha sido apartado del egoísmo y de la más mínima sombra del deseo de lo que no es su Señor. Dios confía en él y le ha revelado sus misterios y conocer su Corazón altísimo.  


Él es el amo de los nombres, la virtud que los sabidos desean; él es la sanación de toda medicina y el más grande de los sanadores.


Su voz hace cautivos los corazones, su mirada es salud para el alma. Su cercanía extingue los vanos deseos, su cercanía limpia las impurezas.


Él es la primavera que da botones fragantes que duran eternamente; es el verano que nos trae frutos sabrosos y abundantes; es el calor que entibia la piel y el refugio que refresca del estío.


Él es la división entre la verdad y la mentira. Él es quien divide a los santos de los que sólo hablan. Él es el elegido de Dios en la tierra.


El sello de toda santidad es Jesús."

M. Anderson

Jesús en nosotros

"Nuestro cuerpo es semejante a María: cada uno tiene un Jesús en su interior, pero éste no puede nacer hasta que los dolores de parto no se manifiesten en nosotros."

Rûmî, s. XIII

Historia sufi sobre Jesús

"Jesús, la paz esté con él, vio a un hombre y le preguntó: "¿Qué haces?" - El otro respondió: "Estoy adorando a Dios". 

Jesús replicó: "¿Y quién se cuida de tu subsistencia?" - "Mi hermano", respondió.

Jesús le dijo: "Pues bien, tu hermano es mejor adorador que tú".

Al-Ghazâlî, s. XI

lunes, 30 de julio de 2012

Jesús, Isa, Yeshua, Yaso... la realidad detrás del Nombre

Su Nombre arameo es Yeshua, que literalmente significa: "Dios salva" o "Salvación de Dios".

De ahí pasó al griego Iesous (aunque hay algunos estudiosos que derivan este nombre de "Uios Zeus", el hijo de Zeus ya que la traducción de Yeshua al griego sería Sóter o Sótero)

En el Islam se le llama Isa. Algunos textos japonenes le llaman Yaso.


Llámalo como quieras mientras sientas en el corazón el amor que merece tal Maestro. Yo a veces le llamo Yeshua, a veces le digo Jesús. Ambos nombres me llenan de su presencia.

Incrustar su Nombre en el corazón e incrustar - con la gracia de Abba - su Nombre en mi ser es la tarea principal del discípulo, y esto lo hacemos e través del amor silente hasta que el Maestro y el discípulo sean hechos uno, que no es otro nuestro llamado y la razón de nuestra existencia en este plano.

Que Abba, bendito sea, nos llene de su Espíritu a fin de que la unión con el Maestro sea perfecta.

martes, 19 de junio de 2012

La dimensión (final)


¿Práctica espiritual?

En este punto podremos cuestionar si el tema del que hablábamos era la práctica espiritual del sufí de Yeshua, ¿por qué no hemos hablado de práctica espiritual, sino de otras cosas? Es decir, si no hablamos de oración, de meditación, de ayuno, de vigilias, de limosna, de ascesis, de vestir de una manera, de orar de un modo… ¿estamos hablando de práctica espiritual?

Sí, desde la perspectiva concreta de Yeshua.

Con todo lo que hizo y dijo, Yeshua pretendía cambiar la perspectiva de sus oyentes: no poner en el centro de la vida a la religión, sino a Dios y – por Dios – al ser humano hijo de Dios y amado de Dios.

Y es que la trampa más frecuente en el ámbito de las religiones es terminar poniendo en el centro una idea sobre Dios, una forma de dar culto, un método de oración y un cierto camino de relación el Dios que privilegie la intimidad, la conciencia de grupo, el elitismo y la hipocresía.

Siempre será más fácil conformarse con una divinidad que se contenta con dos horas de culto a la semana, que con Abba que nos pide la vida entera. Es más fácil adorar a una divinidad “de los míos, los que son como yo, los que piensan como yo” que Abba, quien ha creado la diferencia y la multiplicidad. Es más sencillo creer que unos son buenos y están cerca de Dios (siempre los del propio grupo) que aceptar que Abba hace salir el sol y bajar la lluvia sobre todos sus hijos e hijas.

El dios de las religiones, al estar centrado en una forma de culto y adoración, al estar limitado a los espacios, lugares y tiempos religiosos, se convierte en un ídolo. Y la gente que adora a este ídolo se vuelve rígida y forma parte del colectivo que margina a los diferentes.

Un dios así, centrado en la religión, separa a la gente de la vida cotidiana y los pone al servicio del culto, en lugar de al servicio de los seres humanos o, cuando los pone al servicio de los seres humanos, busca servir desde el propio criterio y no desde las necesidades reales de la gente.

Y no se trata de horizontalismo, como si Yeshua fuera una especie de destructor de Dios. Se trata de enfocar bien los lentes para mirar al Dios del mundo y al mundo de Dios. Es una pasión por Abba que se convierte en compasión efectiva para con el universo, el mundo y los seres humanos, amados por Abba y creados por Él.

El acento de Yeshua, entonces, no es simplemente la religión, sino una religión que humanice – que nos haga mejores seres humanos – pero no sólo a un grupo de selectos, sino a todos los seres de este mundo.

El acento de Yeshua no es simplemente la espiritualidad, sino una espiritualidad encarnada, que sane, que promueva justicia, que cree fraternidad, que anime la solidaridad, que no excluya a nadie, que diga la verdad y asuma la causa de los despreciados  de este mundo.

Desde esta óptica, la hermanizción que nos propone Yeshua es saber que lo más valioso a los ojos de un Dios que es Abba, será el esfuerzo sincero de ser un mejor ser humano siendo hermano de todos los demás, porque no hay Abba sin hijos, y no hay hijos si no hay hermanos.

Las otras prácticas que hacemos: el uso del Tallit, el Ziker en silencio, la oración de amor silente, las reuniones de grupo, las celebraciones rituales (Navidad, Pascua) se comprenden y cobran sentido sí y sólo si son congruentes con la espiritualidad y el Espíritu de Yeshua.

Pues, para nosotros, sufíes de Yeshua, cualquier forma que asuma el hermanizarse, será, en resumidas cuentas, seguimiento del Maestro, cumplimiento de la voluntad de Abba y salvación para el mundo.

La dimensión... (sigue)


“Humanización” que es “hermanización”

El mundo de hoy está lleno de mensajes que hablan de desarrollo personal, de ser mejores seres humanos, de desarrollar nuestro potencial, de ser triunfadores, de ser eficaces. En última instancia se está hablando de la “humanización”: hacernos más y mejores seres humanos.

Lejos de mi intención decir que esto no debe ser así, pero sí quiero explicitar si el seguimiento de Yeshua es un camino de humanización o es algo distinto.

Humanizarse es bueno, de hecho es un gran paso en la historia de la conciencia humana que ha pasado de girar en torno a entidades externas, hacia poner en el centro de la reflexión al ser humano mismo. Humanizarse, potenciar las capacidades, formar las habilidades, asumir las debilidades y amar las incoherencias es parte de ser mejores seres humanos y, por supuesto, es parte del caminar del sufismo de Yeshua.

Más no se queda aquí. Para el sufí es preciso dar un paso más: el sentido de su vida no es tanto ser mejor, sino ser mejor para los otros, es decir, no humanizase, sino hermanizarse.

Hermanizarse significa ser conscientes de la existencia del cosmos, del mundo y sus criaturas, no como objetos de producción, explotación, degradación o aniquilación, sino como hermanos menores (menores en conciencia) que han de ser cuidados, protegidos como parte fundamental de una creación que no nos pertenece, sino que pertenece a Abba.

Hermanizarse es aceptar que nuestra idea de individuos separados es una fantasía. Existimos con los otros y las otras y son ellos quienes nos ayudan a saber quiénes somos, qué hacemos en este mundo, cómo queremos ser, cómo queremos vivir y a qué causas es importante dedicarnos.

Aceptar y asumir la existencia y la dignidad de “la otredad” que comparten tiempo y espacio conmigo, a quienes necesito para vivir y de quienes soy co-responsable. Pasar de considerar a los demás bajo el prisma de mis intereses personales – dignos o rastreros – para conocer su excelsa unicidad. Contemplarlos en su grandiosa belleza, en su ser, y respetarlos profundamente.

Hermanizarse es ser hermano de uno mismo, dejar de ser Satanás de mí mismo (literalmente significa el acusador) para amarme, aceptarme y asumirme en responsabilidad como un ser único y hermoso, pero capaz de utilizar sus talentos para destruir, separar y explotar a otros.

Como parte de su práctica espiritual el sufí de Yeshua busca hacerse hermano de sí mismo, de los otros y las otras y de la creación entera, pero no desde el sentimiento, sino desde la práctica concreta, las acciones eficaces y sustentables.

La dimensión... (sigue)


La integración de los marginados

Yeshua se va a encontrar de frente con una realidad bien concreta de su tiempo: el mundo estaba guiado por el binomio “honor/deshonor”, de ahí que se dividiera al mundo en dos: a) quienes nos dan honor y, b) quienes nos quitan honor.

Con esta división, la gente organizó su vida en torno a conductas destinadas a conseguir más honor y evitar el deshonor. Una de las cosas que, ciertamente, daba más honor en el tiempo de Yeshua era el cumplimiento de la Ley.

Juntarse con  personas virtuosas en su cumplimiento de la Ley era, en automático, algo que daba estatus y honor. Vestirse de cierta manera, hablar de cierta manera, actuar de cierta manera – y mucho de ello girando en torno a la Ley – era asegurar un aumento en la nómina del honor.

Por ello, quienes no daban honor o quienes lo habían perdido por alguna causa – casi siempre, repito, relacionada directa o indirectamente con el cumplimiento de la Ley – eran relegados, marginados o de plano expulsado del tejido social de la época.

Ejemplo claro de ello eran las personas consideradas “impuras”, los “pecadores” y, sobre todo y por obvias razones, los “posesos”, al lado de quienes estaban las prostitutas, los enfermos (que en la visión del judaísmo de aquel tiempo, estaban enfermos por razones religiosas) y todos aquellos a quienes les sucedía alguna desgracia que era interpretada como un castigo divino por algún pecado oculto.

Yeshua, sabiendo que toda esta división era absurda a los ojos de Abba, se dedicó sistemáticamente y con toda intención a dinamitarla a ojos de quien quisiera verlo.

Primeramente, se acercó a las personas “impuras” y a los “pecadores” y se sentó en su mesa a comer y a convivir, cosa no sólo deshonrosa para su sociedad (que era una sociedad religiosa) sino inaudita en la conducta de un profeta (de nuevo, según lo que creía la gente, pues si leemos los textos proféticos con atención hallaremos estas conductas escandalosas en ellos)

 Comer, en el mundo oriental, no solo es cosa de compartir las viandas, sino que es un acto profundamente hermanador (no se invita sino a quien es valioso) que simbolizaba la igualdad fundamental de los comensales ante ellos, ante la sociedad y ante Dios. Por ello el varón no comía ni con los niños ni con las mujeres, sino con otros varones y entre más distinguidos, mejor. Por eso los “grandes” no comían con los sirvientes, ni los reyes con los esclavos. Por eso los enfermos comían aparte, lo mismo que las mujeres menstruando y los pobres.

Yeshua se sienta a comer con prostitutas y cobradores de impuesto, cuyo oficio de colaboración directa con el Impero opresor los convertían en seres odiados. Se sentaba a comer con los enfermos, con las mujeres… Incluso llegó a decir a sus seguidores que los mejores banquetes a los ojos de Abba son aquellos donde los comensales son “los pobres, los ciegos, los cojos, los paralíticos”, es decir, lo que no vale ni cuenta para el concepto de honor de su tiempo.

La cena de despedida, que será el gran signo de la vida de Yeshua y de su gracia dada a sus seguidores, era una cena deshonrosa: mujeres, pescadores, recaudadores, guerrilleros… y ningún sacerdote, escriba o fariseo entre ellos. Será a esta deshonrosa reunión de comensales a quienes Yeshua heredará su espíritu y el Espíritu de Abba, a quienes les compartirá su misión de sanar, liberar, consolar y perdonar.

Punto aparte merecen los “posesos” que serán el culmen de la misión liberadora y profundamente subversiva de Yeshua.

En el mundo de las religiones Dios es el Bien, la Luz, el Amor. Pero hay un principio misterioso, unas veces subordinado, otras veces autónomo, pero nunca bien explicado: el enemigo, el malo, el Demonio, Satán, Satanás, Luzbel y un montón de nombres que se la han dado al famoso personaje.

Desde la concepción religiosa, el Enemigo vive “opuesto” a Dios, haciendo el “trabajo sucio” de Dios o bien, logrando con su astucia separar a los hombres de Dios. [No diré aquí si esto es posible o no, sólo presento la opinión común del papel de la figura del Enemigo en las religiones que lo consideran un ser real]

 Ser poseído por este enemigo es la manifestación más clara de que el ser humano se “ha pasado” del dominio de Dios al dominio del mal, es decir, el ser humano se ha opuesto a Dios y ha decidido ser su enemigo, aliándose con el enemigo mayor de Dios, quien pone su morada en la persona en cuestión.

Con este trasfondo podemos darnos una idea de lo que ser “endemoniado” o  “poseído” significaba en la cultura religiosa de Yeshua: la más absoluta aberración de un ser humano que, cegado, buscaba aliarse con el enemigo de Dios. Obviamente, las personas consideradas posesas eran el signo más poderoso del deshonor, la inmundicia y la impureza a los ojos de los judíos del siglo I, por ello eren relegados a la más absoluta marginación, marginación que, además, ellos mismos habían buscando al aliarse con el mal voluntariamente.

Conocemos hoy la existencia de lugares despoblados donde los “posesos” eran obligados a vivir, desterrados de sus familias, de su sociedad y de la relación con Dios. Ahí, se consumían en la miseria y el abandono, conscientes de que su muerte significaría el castigo eterno de parte de Dios sobre ellos.

Yeshua no está de acuerdo con esta visión y se va a enfrentar a ella cada que tenga oportunidad.

Cuando un poseso sale a su encuentro, Yeshua lo silencia (signo importante para su pueblo, pues la Palabra era un don que pertenecía a Dios) y con el poder de su palabra – palabra que era Palabra al provenir del Espíritu Divino que lo guiaba – libera al poseso de su estado, reintegrándolo en la sociedad.

 Hasta aquí todo bien, nosotros mismos felicitaríamos a Yeshua por tan noble acción, pero no olvidemos que en la religión judía de su tiempo, el exorcismo era una acción RESERVADA a los hombres religiosos, que se realizaba a través de complicadas liturgias. Yeshua, en cambio, ni es sacerdote,  ni es levita, ni es Escriba, ni es Fariseo. Ni siquiera cuenta con el aval de alguna de estas instancias que legitimen su acción. Yeshua no usa rituales, sino sólo su palabra, con lo que rompía a las claras con el universo religioso de su tiempo.

Es como si dijera que no son los hombres religiosos quienes tienen poder sobre el mal, sino él que es nada más un carpintero. Que no son los rituales sagrados los que provocan la liberación, sino una palabra de poder. Que la religión oficial es incapaz de liberar a los posesos, cuanto más se conforma con expulsarlos, por muchas liturgias, salmos, cánticos, danzas o sacrificios que haga. Que el poder auténtico es de Abba y Abba lo ha compartido con “este hijo de hombre” que, por si todo esto fuera poco, viola la Ley a sabiendas.

¿Resultado? Los líderes religiosos verán a Yeshua en su verdadera dimensión: un peligro para todo su estatus, para las enseñanzas que han repetido por siglos, para sus complicadas liturgias y para el control económico que tienen sobre el pueblo, e incitarán a muchos a ponerse contra Yeshua.

Al final encontraremos a los líderes religiosos y sus seguidores diciendo que Yeshua es un endemoniado, un poseído, un blasfemos, un samaritano, un bastardo, un iletrado que no conoce la Ley y desvía al pueblo, un brujo que realiza sus exorcismos por un pacto con el mismo enemigo de Dios (1).  Por otro lado estarán quienes se preguntan seriamente si un hombre que pacta con el enemigo de Dios puede sanar a los enfermos, ya que la sanación viene de Dios.

¿Cómo puede este hombre dar vista a los ciegos si es un pecador? Se pregunta el pueblo en el evangelio de Juan. Mas, si da vista a los ciegos – cosa que sólo Dios puede hacer - ¿no es porque viene de Dios?  Y si viene de Dios y viola la Ley ¿es que la Ley no viene de Dios? ¿Es que Dios no aprueba la Ley que se nos ha enseñado? ¿Es que los sacerdotes y todo su tinglado están equivocados? ¿Es que el Dios de los sacerdotes no es el verdadero Dios de Israel, y el Abba de este carpintero sí lo es?...

 Las cartas están sobre la mesa: o el Dios de los sacerdotes es el verdadero Dios, o el Abba de Yeshua es el verdadero Dios. Ellos expulsan al endemoniado pero no pueden liberarlo; Yeshua lo libera y reintegra el endemoniado. ¿Quién tiene la verdad y quien es un falso profeta?

La muerte de Yeshua nos dice quienes serán los ganadores en esta contienda, quienes detentaban un poder lo suficientemente mortífero como para asesinarlo, quienes tenían las influencias necesarias para exterminarlo porque “más vale que muera este hombre y no que perezca toda la nación.”

La práctica espiritual del sufí de Yeshua consiste en evidenciar los mecanismos sociales y religiosos que provocan la exclusión y el rechazo, aunque estén justificados al más alto nivel (“así lo quiere Dios”, “es por el bien de la Patria” o el tristemente célebre “es asunto de seguridad nacional”)

Evidenciarlos, sí, pero al mismo tiempo es crear espacios que permitan la re inclusión de los que han sido expulsados.

Y lo más importante de todo, favorecer que los expulsados sepan que su situación es injusta, que no es querida por Abba, que no es culpa suya y que pueden sentirse dignos de sentarse a la mesa, regresar a sus hogares y levantar la mirada dignamente.




[1] Esta será la acusación oficial que los sacerdotes hicieron a Yeshua y por la cual lo condenaron a muerte, según nos dicen algunos escritos judíos.

La dimensión social...

La lucha por la justicia

La justicia bíblica no es la justicia romana: dar a cada uno lo que merece. La justicia bíblica, la que pertenece a Dios, consiste más bien en dar a cada uno lo que necesita. Por eso la acción de Dios es salvar misericordiosamente a los que necesitan de salvación y en eso, en salvar, consiste el ejercicio de su justicia. Podemos decir, pues, que la justicia de Dios es “justificar”, más que “juzgar”.

Dar a cada uno lo que necesita es, sin duda, una justicia mayor que la justicia distributiva que depende de los méritos. Yeshua, inspirado por esta visión de la justicia divina profundamente enraizada en la tradición profética de Israel, buscaba dar a la gente lo que necesitaba:

a)      Ante quienes necesitaba salud, porque los médicos eran privilegio de los ricos,
b)      Ante los campesinos pobres que necesitaban un cambio,
c)       Ante las mujeres que necesitaban ser valoradas,
d)      Ante los pescadores que necesitaban saldar sus deudas,
e)      Ante la adúltera que necesitaba ser salvada de sus asesinos…


Yeshua busca ejercer la justicia, es decir, darles lo que necesitaban, a veces con su presencia, a veces con su trabajo, a veces con su sanación, a veces con su convivencia.

Para el sufí de Yeshua, la lucha por la justicia le requiere tener los ojos y el corazón bien abiertos para detectar las necesidades reales de las personas con las que trata y que no siempre son evidentes. Quizá se trata de necesidad de sentirse amados, acogidos, aceptados; quizá se trate se necesidad de ser escuchados, considerados; quizá sea necesidad de ser promovidos, animados, orientados; tal vez se trate de necesidad de ser reivindicados, atendidos; a lo mejor son necesidades materiales como alimento, dinero, ropa, medicinas, pero quizá se trate de necesidades más profundas: ejercicio de sus Derechos, reclamo de su dignidad, servicios educativos o de salud… Quizá sea necesidad de una relación saludable con Dios.

Detectar estas necesidades y hacer lo que estén en nuestras manos no para aliviarlas, sino para involucrar a las personas en su propio proceso de alivio, porque, recordemos, siempre es más justo entregar las posibilidades a quien requiere justicia que convertirnos en redentores usurpando el lugar que a ellos les corresponde, lo que es, además, un acto de injusticia.