martes, 19 de junio de 2012

La dimensión (final)


¿Práctica espiritual?

En este punto podremos cuestionar si el tema del que hablábamos era la práctica espiritual del sufí de Yeshua, ¿por qué no hemos hablado de práctica espiritual, sino de otras cosas? Es decir, si no hablamos de oración, de meditación, de ayuno, de vigilias, de limosna, de ascesis, de vestir de una manera, de orar de un modo… ¿estamos hablando de práctica espiritual?

Sí, desde la perspectiva concreta de Yeshua.

Con todo lo que hizo y dijo, Yeshua pretendía cambiar la perspectiva de sus oyentes: no poner en el centro de la vida a la religión, sino a Dios y – por Dios – al ser humano hijo de Dios y amado de Dios.

Y es que la trampa más frecuente en el ámbito de las religiones es terminar poniendo en el centro una idea sobre Dios, una forma de dar culto, un método de oración y un cierto camino de relación el Dios que privilegie la intimidad, la conciencia de grupo, el elitismo y la hipocresía.

Siempre será más fácil conformarse con una divinidad que se contenta con dos horas de culto a la semana, que con Abba que nos pide la vida entera. Es más fácil adorar a una divinidad “de los míos, los que son como yo, los que piensan como yo” que Abba, quien ha creado la diferencia y la multiplicidad. Es más sencillo creer que unos son buenos y están cerca de Dios (siempre los del propio grupo) que aceptar que Abba hace salir el sol y bajar la lluvia sobre todos sus hijos e hijas.

El dios de las religiones, al estar centrado en una forma de culto y adoración, al estar limitado a los espacios, lugares y tiempos religiosos, se convierte en un ídolo. Y la gente que adora a este ídolo se vuelve rígida y forma parte del colectivo que margina a los diferentes.

Un dios así, centrado en la religión, separa a la gente de la vida cotidiana y los pone al servicio del culto, en lugar de al servicio de los seres humanos o, cuando los pone al servicio de los seres humanos, busca servir desde el propio criterio y no desde las necesidades reales de la gente.

Y no se trata de horizontalismo, como si Yeshua fuera una especie de destructor de Dios. Se trata de enfocar bien los lentes para mirar al Dios del mundo y al mundo de Dios. Es una pasión por Abba que se convierte en compasión efectiva para con el universo, el mundo y los seres humanos, amados por Abba y creados por Él.

El acento de Yeshua, entonces, no es simplemente la religión, sino una religión que humanice – que nos haga mejores seres humanos – pero no sólo a un grupo de selectos, sino a todos los seres de este mundo.

El acento de Yeshua no es simplemente la espiritualidad, sino una espiritualidad encarnada, que sane, que promueva justicia, que cree fraternidad, que anime la solidaridad, que no excluya a nadie, que diga la verdad y asuma la causa de los despreciados  de este mundo.

Desde esta óptica, la hermanizción que nos propone Yeshua es saber que lo más valioso a los ojos de un Dios que es Abba, será el esfuerzo sincero de ser un mejor ser humano siendo hermano de todos los demás, porque no hay Abba sin hijos, y no hay hijos si no hay hermanos.

Las otras prácticas que hacemos: el uso del Tallit, el Ziker en silencio, la oración de amor silente, las reuniones de grupo, las celebraciones rituales (Navidad, Pascua) se comprenden y cobran sentido sí y sólo si son congruentes con la espiritualidad y el Espíritu de Yeshua.

Pues, para nosotros, sufíes de Yeshua, cualquier forma que asuma el hermanizarse, será, en resumidas cuentas, seguimiento del Maestro, cumplimiento de la voluntad de Abba y salvación para el mundo.

La dimensión... (sigue)


“Humanización” que es “hermanización”

El mundo de hoy está lleno de mensajes que hablan de desarrollo personal, de ser mejores seres humanos, de desarrollar nuestro potencial, de ser triunfadores, de ser eficaces. En última instancia se está hablando de la “humanización”: hacernos más y mejores seres humanos.

Lejos de mi intención decir que esto no debe ser así, pero sí quiero explicitar si el seguimiento de Yeshua es un camino de humanización o es algo distinto.

Humanizarse es bueno, de hecho es un gran paso en la historia de la conciencia humana que ha pasado de girar en torno a entidades externas, hacia poner en el centro de la reflexión al ser humano mismo. Humanizarse, potenciar las capacidades, formar las habilidades, asumir las debilidades y amar las incoherencias es parte de ser mejores seres humanos y, por supuesto, es parte del caminar del sufismo de Yeshua.

Más no se queda aquí. Para el sufí es preciso dar un paso más: el sentido de su vida no es tanto ser mejor, sino ser mejor para los otros, es decir, no humanizase, sino hermanizarse.

Hermanizarse significa ser conscientes de la existencia del cosmos, del mundo y sus criaturas, no como objetos de producción, explotación, degradación o aniquilación, sino como hermanos menores (menores en conciencia) que han de ser cuidados, protegidos como parte fundamental de una creación que no nos pertenece, sino que pertenece a Abba.

Hermanizarse es aceptar que nuestra idea de individuos separados es una fantasía. Existimos con los otros y las otras y son ellos quienes nos ayudan a saber quiénes somos, qué hacemos en este mundo, cómo queremos ser, cómo queremos vivir y a qué causas es importante dedicarnos.

Aceptar y asumir la existencia y la dignidad de “la otredad” que comparten tiempo y espacio conmigo, a quienes necesito para vivir y de quienes soy co-responsable. Pasar de considerar a los demás bajo el prisma de mis intereses personales – dignos o rastreros – para conocer su excelsa unicidad. Contemplarlos en su grandiosa belleza, en su ser, y respetarlos profundamente.

Hermanizarse es ser hermano de uno mismo, dejar de ser Satanás de mí mismo (literalmente significa el acusador) para amarme, aceptarme y asumirme en responsabilidad como un ser único y hermoso, pero capaz de utilizar sus talentos para destruir, separar y explotar a otros.

Como parte de su práctica espiritual el sufí de Yeshua busca hacerse hermano de sí mismo, de los otros y las otras y de la creación entera, pero no desde el sentimiento, sino desde la práctica concreta, las acciones eficaces y sustentables.

La dimensión... (sigue)


La integración de los marginados

Yeshua se va a encontrar de frente con una realidad bien concreta de su tiempo: el mundo estaba guiado por el binomio “honor/deshonor”, de ahí que se dividiera al mundo en dos: a) quienes nos dan honor y, b) quienes nos quitan honor.

Con esta división, la gente organizó su vida en torno a conductas destinadas a conseguir más honor y evitar el deshonor. Una de las cosas que, ciertamente, daba más honor en el tiempo de Yeshua era el cumplimiento de la Ley.

Juntarse con  personas virtuosas en su cumplimiento de la Ley era, en automático, algo que daba estatus y honor. Vestirse de cierta manera, hablar de cierta manera, actuar de cierta manera – y mucho de ello girando en torno a la Ley – era asegurar un aumento en la nómina del honor.

Por ello, quienes no daban honor o quienes lo habían perdido por alguna causa – casi siempre, repito, relacionada directa o indirectamente con el cumplimiento de la Ley – eran relegados, marginados o de plano expulsado del tejido social de la época.

Ejemplo claro de ello eran las personas consideradas “impuras”, los “pecadores” y, sobre todo y por obvias razones, los “posesos”, al lado de quienes estaban las prostitutas, los enfermos (que en la visión del judaísmo de aquel tiempo, estaban enfermos por razones religiosas) y todos aquellos a quienes les sucedía alguna desgracia que era interpretada como un castigo divino por algún pecado oculto.

Yeshua, sabiendo que toda esta división era absurda a los ojos de Abba, se dedicó sistemáticamente y con toda intención a dinamitarla a ojos de quien quisiera verlo.

Primeramente, se acercó a las personas “impuras” y a los “pecadores” y se sentó en su mesa a comer y a convivir, cosa no sólo deshonrosa para su sociedad (que era una sociedad religiosa) sino inaudita en la conducta de un profeta (de nuevo, según lo que creía la gente, pues si leemos los textos proféticos con atención hallaremos estas conductas escandalosas en ellos)

 Comer, en el mundo oriental, no solo es cosa de compartir las viandas, sino que es un acto profundamente hermanador (no se invita sino a quien es valioso) que simbolizaba la igualdad fundamental de los comensales ante ellos, ante la sociedad y ante Dios. Por ello el varón no comía ni con los niños ni con las mujeres, sino con otros varones y entre más distinguidos, mejor. Por eso los “grandes” no comían con los sirvientes, ni los reyes con los esclavos. Por eso los enfermos comían aparte, lo mismo que las mujeres menstruando y los pobres.

Yeshua se sienta a comer con prostitutas y cobradores de impuesto, cuyo oficio de colaboración directa con el Impero opresor los convertían en seres odiados. Se sentaba a comer con los enfermos, con las mujeres… Incluso llegó a decir a sus seguidores que los mejores banquetes a los ojos de Abba son aquellos donde los comensales son “los pobres, los ciegos, los cojos, los paralíticos”, es decir, lo que no vale ni cuenta para el concepto de honor de su tiempo.

La cena de despedida, que será el gran signo de la vida de Yeshua y de su gracia dada a sus seguidores, era una cena deshonrosa: mujeres, pescadores, recaudadores, guerrilleros… y ningún sacerdote, escriba o fariseo entre ellos. Será a esta deshonrosa reunión de comensales a quienes Yeshua heredará su espíritu y el Espíritu de Abba, a quienes les compartirá su misión de sanar, liberar, consolar y perdonar.

Punto aparte merecen los “posesos” que serán el culmen de la misión liberadora y profundamente subversiva de Yeshua.

En el mundo de las religiones Dios es el Bien, la Luz, el Amor. Pero hay un principio misterioso, unas veces subordinado, otras veces autónomo, pero nunca bien explicado: el enemigo, el malo, el Demonio, Satán, Satanás, Luzbel y un montón de nombres que se la han dado al famoso personaje.

Desde la concepción religiosa, el Enemigo vive “opuesto” a Dios, haciendo el “trabajo sucio” de Dios o bien, logrando con su astucia separar a los hombres de Dios. [No diré aquí si esto es posible o no, sólo presento la opinión común del papel de la figura del Enemigo en las religiones que lo consideran un ser real]

 Ser poseído por este enemigo es la manifestación más clara de que el ser humano se “ha pasado” del dominio de Dios al dominio del mal, es decir, el ser humano se ha opuesto a Dios y ha decidido ser su enemigo, aliándose con el enemigo mayor de Dios, quien pone su morada en la persona en cuestión.

Con este trasfondo podemos darnos una idea de lo que ser “endemoniado” o  “poseído” significaba en la cultura religiosa de Yeshua: la más absoluta aberración de un ser humano que, cegado, buscaba aliarse con el enemigo de Dios. Obviamente, las personas consideradas posesas eran el signo más poderoso del deshonor, la inmundicia y la impureza a los ojos de los judíos del siglo I, por ello eren relegados a la más absoluta marginación, marginación que, además, ellos mismos habían buscando al aliarse con el mal voluntariamente.

Conocemos hoy la existencia de lugares despoblados donde los “posesos” eran obligados a vivir, desterrados de sus familias, de su sociedad y de la relación con Dios. Ahí, se consumían en la miseria y el abandono, conscientes de que su muerte significaría el castigo eterno de parte de Dios sobre ellos.

Yeshua no está de acuerdo con esta visión y se va a enfrentar a ella cada que tenga oportunidad.

Cuando un poseso sale a su encuentro, Yeshua lo silencia (signo importante para su pueblo, pues la Palabra era un don que pertenecía a Dios) y con el poder de su palabra – palabra que era Palabra al provenir del Espíritu Divino que lo guiaba – libera al poseso de su estado, reintegrándolo en la sociedad.

 Hasta aquí todo bien, nosotros mismos felicitaríamos a Yeshua por tan noble acción, pero no olvidemos que en la religión judía de su tiempo, el exorcismo era una acción RESERVADA a los hombres religiosos, que se realizaba a través de complicadas liturgias. Yeshua, en cambio, ni es sacerdote,  ni es levita, ni es Escriba, ni es Fariseo. Ni siquiera cuenta con el aval de alguna de estas instancias que legitimen su acción. Yeshua no usa rituales, sino sólo su palabra, con lo que rompía a las claras con el universo religioso de su tiempo.

Es como si dijera que no son los hombres religiosos quienes tienen poder sobre el mal, sino él que es nada más un carpintero. Que no son los rituales sagrados los que provocan la liberación, sino una palabra de poder. Que la religión oficial es incapaz de liberar a los posesos, cuanto más se conforma con expulsarlos, por muchas liturgias, salmos, cánticos, danzas o sacrificios que haga. Que el poder auténtico es de Abba y Abba lo ha compartido con “este hijo de hombre” que, por si todo esto fuera poco, viola la Ley a sabiendas.

¿Resultado? Los líderes religiosos verán a Yeshua en su verdadera dimensión: un peligro para todo su estatus, para las enseñanzas que han repetido por siglos, para sus complicadas liturgias y para el control económico que tienen sobre el pueblo, e incitarán a muchos a ponerse contra Yeshua.

Al final encontraremos a los líderes religiosos y sus seguidores diciendo que Yeshua es un endemoniado, un poseído, un blasfemos, un samaritano, un bastardo, un iletrado que no conoce la Ley y desvía al pueblo, un brujo que realiza sus exorcismos por un pacto con el mismo enemigo de Dios (1).  Por otro lado estarán quienes se preguntan seriamente si un hombre que pacta con el enemigo de Dios puede sanar a los enfermos, ya que la sanación viene de Dios.

¿Cómo puede este hombre dar vista a los ciegos si es un pecador? Se pregunta el pueblo en el evangelio de Juan. Mas, si da vista a los ciegos – cosa que sólo Dios puede hacer - ¿no es porque viene de Dios?  Y si viene de Dios y viola la Ley ¿es que la Ley no viene de Dios? ¿Es que Dios no aprueba la Ley que se nos ha enseñado? ¿Es que los sacerdotes y todo su tinglado están equivocados? ¿Es que el Dios de los sacerdotes no es el verdadero Dios de Israel, y el Abba de este carpintero sí lo es?...

 Las cartas están sobre la mesa: o el Dios de los sacerdotes es el verdadero Dios, o el Abba de Yeshua es el verdadero Dios. Ellos expulsan al endemoniado pero no pueden liberarlo; Yeshua lo libera y reintegra el endemoniado. ¿Quién tiene la verdad y quien es un falso profeta?

La muerte de Yeshua nos dice quienes serán los ganadores en esta contienda, quienes detentaban un poder lo suficientemente mortífero como para asesinarlo, quienes tenían las influencias necesarias para exterminarlo porque “más vale que muera este hombre y no que perezca toda la nación.”

La práctica espiritual del sufí de Yeshua consiste en evidenciar los mecanismos sociales y religiosos que provocan la exclusión y el rechazo, aunque estén justificados al más alto nivel (“así lo quiere Dios”, “es por el bien de la Patria” o el tristemente célebre “es asunto de seguridad nacional”)

Evidenciarlos, sí, pero al mismo tiempo es crear espacios que permitan la re inclusión de los que han sido expulsados.

Y lo más importante de todo, favorecer que los expulsados sepan que su situación es injusta, que no es querida por Abba, que no es culpa suya y que pueden sentirse dignos de sentarse a la mesa, regresar a sus hogares y levantar la mirada dignamente.




[1] Esta será la acusación oficial que los sacerdotes hicieron a Yeshua y por la cual lo condenaron a muerte, según nos dicen algunos escritos judíos.

La dimensión social...

La lucha por la justicia

La justicia bíblica no es la justicia romana: dar a cada uno lo que merece. La justicia bíblica, la que pertenece a Dios, consiste más bien en dar a cada uno lo que necesita. Por eso la acción de Dios es salvar misericordiosamente a los que necesitan de salvación y en eso, en salvar, consiste el ejercicio de su justicia. Podemos decir, pues, que la justicia de Dios es “justificar”, más que “juzgar”.

Dar a cada uno lo que necesita es, sin duda, una justicia mayor que la justicia distributiva que depende de los méritos. Yeshua, inspirado por esta visión de la justicia divina profundamente enraizada en la tradición profética de Israel, buscaba dar a la gente lo que necesitaba:

a)      Ante quienes necesitaba salud, porque los médicos eran privilegio de los ricos,
b)      Ante los campesinos pobres que necesitaban un cambio,
c)       Ante las mujeres que necesitaban ser valoradas,
d)      Ante los pescadores que necesitaban saldar sus deudas,
e)      Ante la adúltera que necesitaba ser salvada de sus asesinos…


Yeshua busca ejercer la justicia, es decir, darles lo que necesitaban, a veces con su presencia, a veces con su trabajo, a veces con su sanación, a veces con su convivencia.

Para el sufí de Yeshua, la lucha por la justicia le requiere tener los ojos y el corazón bien abiertos para detectar las necesidades reales de las personas con las que trata y que no siempre son evidentes. Quizá se trata de necesidad de sentirse amados, acogidos, aceptados; quizá se trate se necesidad de ser escuchados, considerados; quizá sea necesidad de ser promovidos, animados, orientados; tal vez se trate de necesidad de ser reivindicados, atendidos; a lo mejor son necesidades materiales como alimento, dinero, ropa, medicinas, pero quizá se trate de necesidades más profundas: ejercicio de sus Derechos, reclamo de su dignidad, servicios educativos o de salud… Quizá sea necesidad de una relación saludable con Dios.

Detectar estas necesidades y hacer lo que estén en nuestras manos no para aliviarlas, sino para involucrar a las personas en su propio proceso de alivio, porque, recordemos, siempre es más justo entregar las posibilidades a quien requiere justicia que convertirnos en redentores usurpando el lugar que a ellos les corresponde, lo que es, además, un acto de injusticia.

La dimensión social del mensaje de Yeshua


Si el centro del mensaje de Yeshua es la compasión, la lucha por la justicia y la integración de los marginados del sistema; si el acento de su espiritualidad es la “humanización” que es más bien  “hermanización”, la práctica de los sufíes que seguimos a Yeshua ha de girar en estas coordenadas si quiere ser fiel a su Maestro.

 La compasión

Yeshua, cuando mira la miseria en la que son obligados a vivir quienes se acercan a él buscando ayuda, siente “que se le revuelven la entrañas” (significado literal del verbo griego usado en los textos del evangelio) Esto es, por un lado, el sentimiento de compasión que lo sacude al ver la situación en la está esta pobre gente, compasión que lo toca y lo hiere en lo más hondo hasta – en ocasiones – arrancarle lágrimas de dolor.

Por otro lado, las entrañas revueltas apuntan a la ira, la “indignación ética” de la que hablarán los filósofos, el sentimiento de coraje ante la vulnerabilidad del otro, ante la opresión de que era víctima la mayor parte del pueblo pobre, que se vivía indefenso ante el poder de Roma, de los sacerdotes o del Templo.

 Compasión e ira, indignación profunda que lo movía a hacer lo que estuviera en sus manos para solucionar la situación. Lo que estuviera en sus manos significó literalmente oponerse a la Ley (cuando menos a la interpretación cerrada y legalista que el judaísmo de aquel tiempo hacía de dicha Ley) y curar en sábado, sentarse a comer con “pecadores”, tocar leprosos y abrir el mensaje del Reino a los extranjeros.

 La compasión de sufí de Yeshua ha de buscar a los más abandonados, los mal vistos, los “pecadores” de las religiones establecidas; ha de dejar que “los niños se acerquen” (los niños eran símbolo del más absoluto desamparo) no ha de preocuparse por la pureza legal, por las buenas costumbres o por el orden establecido cuando se trate de mostrar – con hechos y no sólo con palabras – que Dios es Abba (Papá) y que su voluntad es que todos nos tratemos como hermanos.

Libro II: La voz del dicípulo


Cada profeta tiene su propia personalidad, sus diferencias, sus acentos propios. La Gracia Divina que los unge no elimina su personalidad, sino que la hace más plena, más profunda, definitivamente más humana.

Es por ello que, a pesar de que Dios es Uno, las experiencias proféticas son diversas en ciertos aspectos, lo que nos ofrece un panorama de la Realidad Divina que no se agota – ni puede agotarse – en una sólo expresión profética, sino que, cual vitral de Catedral Gótica, cada pequeño cristal profético, refleja un tono distinto de la Luz Divina que el Misericordioso entrega a su mundo por Amor.

En este escrito quiero exponer el acento particular que la Luz Divina refleja cuando pasa a través del Noble Maestro Yeshua de Nazaret.

Sin lugar a dudas Yeshua vivió absolutamente entregado al Absoluto, pero lo comprendió absolutamente Cercano, Tierno, como una Presencia Cálida, Sanadora y Dignificadora. Cuando Yeshua quiso acercar su experiencia de Dios a la gente, se dio de frente con el sistema legalista del culto judío de su época que “ponía cargas pesadas sobre los hombros de los pobres” y separaba a “los justos” de “los pecadores”.

Yeshua se dio cuenta que, si quería hacer creíble su mensaje de que Dios era Abba (papito) de todas las personas, debía tomar partido por ciertas cosas, lo que en automático lo pondría en contra de ciertas otras que eran, justamente, las que sostenían el tinglado del judaísmo de aquel tiempo.

Y Yeshua habló.

Dijo que el respeto a las normas de pureza en los alimentos no servían de nada sin una actitud interna de respeto por la dignidad del otro; dijo a los fariseos – líderes espirituales indiscutibles – que se preocupaban mucho de las cosas sin importancia mientras descuidaban lo que realmente importaba a los ojos de Abba: el amor, la misericordia y la justicia; dijo a los escribas – expertos en la interpretación de la Torah – que no conocían a Dios ni su poder cuando intentaban limitarlo a sus creencias de grupo; Dijo a los sacerdotes que las prostitutas entrarán primero al Reino de Abba que ellos.

Yeshua habló y dijo que Dios no era Dios, un poder frío y lejano, altísimo entre lo más altísimo del más allá, sino un Papá tierno y compasivo que amaba a cada uno de sus hijos e hijas.

Y dijo que, en el caso de los que creyeran en su mensaje, no sería el culto religioso lo más importante (ni el Templo, ni los sacrificios) ni siquiera las largas letanías orantes ni los ayunos, sino el corazón misericordioso que, como hace Abba con todos, se muestra cercano a las necesidades, se deja tocar por el dolor y la miseria ajena que por ello mismo deja de ser ajena para hacerse propia.

Yeshua enseñó que si bien el amor a Abba debe estar por encima de todo amor, este amor no se manifestaría para sus seguidores ni siquiera en actos de adoración, postraciones y oraciones a determinadas oras. Él enseñó que la oración a este Dios era simple, sencilla y concreta, sin horarios fijos, porque para Yeshua la oración no es tanto una obligación ontológica de la criatura cuanto un acto de amor que nace de saberse amado y acogido incondicionalmente.

El amor a Abba, según Yeshua, no es de hermosas palabras, nacidas de la emoción o del éxtasis de adoración, sino un amor en acción a favor de los desamparados, de los rechazados. Por ello no es quien dice: “Señor, Señor”, por muy hermosamente que lo diga, sino el que HACE lo que Abba quiere: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento….

Yeshua cambia el sentido profundo de lo que es religiosidad, piedad, amor a Dios, oración, y convierte estas palabras en nuevas: sólo tienen sentido cuando se inscriben en una actitud de amor al ser humano y de servicio concreto a los más abandonados y rechazados de todo sistema social o religioso.

Para Yeshua es claro, por ejemplo, que no importa cuánta oración se haga, si esa oración no está incrustada en actitudes de servicio real, concreto, que promueva la dignificación y el empoderamiento de la gente. Es decir, tampoco basta cualquier tipo de servicio que promueva cualquier resultado entre la gente, si no sólo aquel servicio que promueve dignidad, justicia y solidaridad.

¡Si esto lo tuviéramos claro los que pretendemos seguir su camino!

lunes, 11 de junio de 2012

Fin del primer libro

Tú en Mí y Yo en ti.
Come de Mí
Yo beberé de ti.

Vive como te pido
Hasta que vuelva
Y...

Ay de quienes...

¿Cuándo les enseñé Yo a maldecir en mi Nombre?
¿Cuándo, a despreciar a otros?
¿Cuándo, que unos eran mejores que las otras?
Yo, Yeshua, atestiguo:
¡Ay de quienes se olvidan de mí en mi Nombre!

Abba

Abba
Eres la luz santísima que está en todo
Llenándolo todo.

Eres el Amor inmenso que yace
En todo amor.

Eres la misericordia
Que está por encima de todo mal.

Eres el Dios
Que no se parece a los demás dioses.

Suave brisa
Pasión del enamorado
Ternura de la madre
Vida que no se acaba
Muerte que no triunfa.
Paz
Salto de gacela
Tenue resplandor de teleraña
Color de la piedra, calor del abrazo
Música ágil de las cañas.

Huracán
Canto susurrado
Terremoto que devasta.
Abba: Uno que está en todo
Reuniéndolo todo

¡Bendito seas!

Amor en carne humana

No temas enamorarte, no temas abrir tu corazón.
Todo amor viene de Abba.
Pero no pierdas de vista
Que todo amor en carne humana es eso,
Humano,
Y por ello no puede
Más que darte una partecita del Amor infinito.
 
Sin embargo, amigo,
Un partecita del Amor infinito
Bien vale la pena
La fragilidad del amor en carne humana.

La contemplación del Corazón de Yeshua

Cuando contemplas mi Corazón
Me conoces.
Y no de oídas
O por lo que has leído en un libro
Sino que me conoces a Mí
Directamente.
 
Cuando contemplas mi corazón
Te alimentas de Mí.
Y no por mano de otros
Ni con las migajas te tiran a su paso
Sino que te alimentas de Mí.
Cuando contemplas mi Corazón
Escuchas mi voz.
Y no por palabra de otros
Ni por ideas que te son ajenas
Sino que me escuchas a Mí.
¡Contempla, pues, mi Corazón!
Ahí está todo lo que necesitas.

Algo para celebrar

Celebra tu limitación
Tu fragilidad
Canta tu incoherencia
Y tu debilidad.
Yo, Yeshuá,
Soy suficientemente fuerte
Y tú viajas en mis brazos.
Los fuertes pueden caminar,
Los débiles viajan junto a mi pecho.
¡Celebra tu debilidad!