Dice un antiguo himno cristiano celta:
“Cristo en mí. Luz sobre mí. Tierra debajo de mí. Amor que me rodea”
La luz que brilla sobre mí es Él.
La tierra que pisan mis pies, es Él. El aire que respiro, es Él. El alimento
que como y el agua que bebo – frutos de la tierra y regalo del cielo – son Él.
Cada paso que doy, lo doy en Él. El
bosque, la ciudad, el metro, mi casa…. Mientras sea “tierra bajo mis pies” son
Él.
Todo amor que me rodea: mis
padres, mis amigos, mi pareja, mi perro… todo amor que me rodea es Él. Y todo
amor con el que yo rodeo a otros seres es Él, porque ¿no es el Amor su
naturaleza más íntima?
Él es en mí y yo soy en Él. Vivir
en mí y vivir en Él es mi más profunda realidad, mi más sólida identidad, mi
más auténtica verdad. Soy un hombre habitado, parafraseando una poesía que leí,
soy dos y más que dos, soy más que sólo yo mismo.
No hay relación más estrecha que
la que hace que uno viva en el otro y el segundo viva en el primero, por eso
decimos que la relación con Él es AMOR. Se trata de una relación inseparable,
irrompible, eterna, que en este mundo es de dos, pero que luego será de UNO.
Pensar en esto la próxima vez que
coma, que beba, que bese, que acaricie, que camine, que respire, que ve, que
escuche… Todo es Él. Eso es lo que llamamos AMOR de Dios por nosotros.
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