martes, 19 de junio de 2012

La dimensión... (sigue)


La integración de los marginados

Yeshua se va a encontrar de frente con una realidad bien concreta de su tiempo: el mundo estaba guiado por el binomio “honor/deshonor”, de ahí que se dividiera al mundo en dos: a) quienes nos dan honor y, b) quienes nos quitan honor.

Con esta división, la gente organizó su vida en torno a conductas destinadas a conseguir más honor y evitar el deshonor. Una de las cosas que, ciertamente, daba más honor en el tiempo de Yeshua era el cumplimiento de la Ley.

Juntarse con  personas virtuosas en su cumplimiento de la Ley era, en automático, algo que daba estatus y honor. Vestirse de cierta manera, hablar de cierta manera, actuar de cierta manera – y mucho de ello girando en torno a la Ley – era asegurar un aumento en la nómina del honor.

Por ello, quienes no daban honor o quienes lo habían perdido por alguna causa – casi siempre, repito, relacionada directa o indirectamente con el cumplimiento de la Ley – eran relegados, marginados o de plano expulsado del tejido social de la época.

Ejemplo claro de ello eran las personas consideradas “impuras”, los “pecadores” y, sobre todo y por obvias razones, los “posesos”, al lado de quienes estaban las prostitutas, los enfermos (que en la visión del judaísmo de aquel tiempo, estaban enfermos por razones religiosas) y todos aquellos a quienes les sucedía alguna desgracia que era interpretada como un castigo divino por algún pecado oculto.

Yeshua, sabiendo que toda esta división era absurda a los ojos de Abba, se dedicó sistemáticamente y con toda intención a dinamitarla a ojos de quien quisiera verlo.

Primeramente, se acercó a las personas “impuras” y a los “pecadores” y se sentó en su mesa a comer y a convivir, cosa no sólo deshonrosa para su sociedad (que era una sociedad religiosa) sino inaudita en la conducta de un profeta (de nuevo, según lo que creía la gente, pues si leemos los textos proféticos con atención hallaremos estas conductas escandalosas en ellos)

 Comer, en el mundo oriental, no solo es cosa de compartir las viandas, sino que es un acto profundamente hermanador (no se invita sino a quien es valioso) que simbolizaba la igualdad fundamental de los comensales ante ellos, ante la sociedad y ante Dios. Por ello el varón no comía ni con los niños ni con las mujeres, sino con otros varones y entre más distinguidos, mejor. Por eso los “grandes” no comían con los sirvientes, ni los reyes con los esclavos. Por eso los enfermos comían aparte, lo mismo que las mujeres menstruando y los pobres.

Yeshua se sienta a comer con prostitutas y cobradores de impuesto, cuyo oficio de colaboración directa con el Impero opresor los convertían en seres odiados. Se sentaba a comer con los enfermos, con las mujeres… Incluso llegó a decir a sus seguidores que los mejores banquetes a los ojos de Abba son aquellos donde los comensales son “los pobres, los ciegos, los cojos, los paralíticos”, es decir, lo que no vale ni cuenta para el concepto de honor de su tiempo.

La cena de despedida, que será el gran signo de la vida de Yeshua y de su gracia dada a sus seguidores, era una cena deshonrosa: mujeres, pescadores, recaudadores, guerrilleros… y ningún sacerdote, escriba o fariseo entre ellos. Será a esta deshonrosa reunión de comensales a quienes Yeshua heredará su espíritu y el Espíritu de Abba, a quienes les compartirá su misión de sanar, liberar, consolar y perdonar.

Punto aparte merecen los “posesos” que serán el culmen de la misión liberadora y profundamente subversiva de Yeshua.

En el mundo de las religiones Dios es el Bien, la Luz, el Amor. Pero hay un principio misterioso, unas veces subordinado, otras veces autónomo, pero nunca bien explicado: el enemigo, el malo, el Demonio, Satán, Satanás, Luzbel y un montón de nombres que se la han dado al famoso personaje.

Desde la concepción religiosa, el Enemigo vive “opuesto” a Dios, haciendo el “trabajo sucio” de Dios o bien, logrando con su astucia separar a los hombres de Dios. [No diré aquí si esto es posible o no, sólo presento la opinión común del papel de la figura del Enemigo en las religiones que lo consideran un ser real]

 Ser poseído por este enemigo es la manifestación más clara de que el ser humano se “ha pasado” del dominio de Dios al dominio del mal, es decir, el ser humano se ha opuesto a Dios y ha decidido ser su enemigo, aliándose con el enemigo mayor de Dios, quien pone su morada en la persona en cuestión.

Con este trasfondo podemos darnos una idea de lo que ser “endemoniado” o  “poseído” significaba en la cultura religiosa de Yeshua: la más absoluta aberración de un ser humano que, cegado, buscaba aliarse con el enemigo de Dios. Obviamente, las personas consideradas posesas eran el signo más poderoso del deshonor, la inmundicia y la impureza a los ojos de los judíos del siglo I, por ello eren relegados a la más absoluta marginación, marginación que, además, ellos mismos habían buscando al aliarse con el mal voluntariamente.

Conocemos hoy la existencia de lugares despoblados donde los “posesos” eran obligados a vivir, desterrados de sus familias, de su sociedad y de la relación con Dios. Ahí, se consumían en la miseria y el abandono, conscientes de que su muerte significaría el castigo eterno de parte de Dios sobre ellos.

Yeshua no está de acuerdo con esta visión y se va a enfrentar a ella cada que tenga oportunidad.

Cuando un poseso sale a su encuentro, Yeshua lo silencia (signo importante para su pueblo, pues la Palabra era un don que pertenecía a Dios) y con el poder de su palabra – palabra que era Palabra al provenir del Espíritu Divino que lo guiaba – libera al poseso de su estado, reintegrándolo en la sociedad.

 Hasta aquí todo bien, nosotros mismos felicitaríamos a Yeshua por tan noble acción, pero no olvidemos que en la religión judía de su tiempo, el exorcismo era una acción RESERVADA a los hombres religiosos, que se realizaba a través de complicadas liturgias. Yeshua, en cambio, ni es sacerdote,  ni es levita, ni es Escriba, ni es Fariseo. Ni siquiera cuenta con el aval de alguna de estas instancias que legitimen su acción. Yeshua no usa rituales, sino sólo su palabra, con lo que rompía a las claras con el universo religioso de su tiempo.

Es como si dijera que no son los hombres religiosos quienes tienen poder sobre el mal, sino él que es nada más un carpintero. Que no son los rituales sagrados los que provocan la liberación, sino una palabra de poder. Que la religión oficial es incapaz de liberar a los posesos, cuanto más se conforma con expulsarlos, por muchas liturgias, salmos, cánticos, danzas o sacrificios que haga. Que el poder auténtico es de Abba y Abba lo ha compartido con “este hijo de hombre” que, por si todo esto fuera poco, viola la Ley a sabiendas.

¿Resultado? Los líderes religiosos verán a Yeshua en su verdadera dimensión: un peligro para todo su estatus, para las enseñanzas que han repetido por siglos, para sus complicadas liturgias y para el control económico que tienen sobre el pueblo, e incitarán a muchos a ponerse contra Yeshua.

Al final encontraremos a los líderes religiosos y sus seguidores diciendo que Yeshua es un endemoniado, un poseído, un blasfemos, un samaritano, un bastardo, un iletrado que no conoce la Ley y desvía al pueblo, un brujo que realiza sus exorcismos por un pacto con el mismo enemigo de Dios (1).  Por otro lado estarán quienes se preguntan seriamente si un hombre que pacta con el enemigo de Dios puede sanar a los enfermos, ya que la sanación viene de Dios.

¿Cómo puede este hombre dar vista a los ciegos si es un pecador? Se pregunta el pueblo en el evangelio de Juan. Mas, si da vista a los ciegos – cosa que sólo Dios puede hacer - ¿no es porque viene de Dios?  Y si viene de Dios y viola la Ley ¿es que la Ley no viene de Dios? ¿Es que Dios no aprueba la Ley que se nos ha enseñado? ¿Es que los sacerdotes y todo su tinglado están equivocados? ¿Es que el Dios de los sacerdotes no es el verdadero Dios de Israel, y el Abba de este carpintero sí lo es?...

 Las cartas están sobre la mesa: o el Dios de los sacerdotes es el verdadero Dios, o el Abba de Yeshua es el verdadero Dios. Ellos expulsan al endemoniado pero no pueden liberarlo; Yeshua lo libera y reintegra el endemoniado. ¿Quién tiene la verdad y quien es un falso profeta?

La muerte de Yeshua nos dice quienes serán los ganadores en esta contienda, quienes detentaban un poder lo suficientemente mortífero como para asesinarlo, quienes tenían las influencias necesarias para exterminarlo porque “más vale que muera este hombre y no que perezca toda la nación.”

La práctica espiritual del sufí de Yeshua consiste en evidenciar los mecanismos sociales y religiosos que provocan la exclusión y el rechazo, aunque estén justificados al más alto nivel (“así lo quiere Dios”, “es por el bien de la Patria” o el tristemente célebre “es asunto de seguridad nacional”)

Evidenciarlos, sí, pero al mismo tiempo es crear espacios que permitan la re inclusión de los que han sido expulsados.

Y lo más importante de todo, favorecer que los expulsados sepan que su situación es injusta, que no es querida por Abba, que no es culpa suya y que pueden sentirse dignos de sentarse a la mesa, regresar a sus hogares y levantar la mirada dignamente.




[1] Esta será la acusación oficial que los sacerdotes hicieron a Yeshua y por la cual lo condenaron a muerte, según nos dicen algunos escritos judíos.

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