La integración de los marginados
Yeshua se va a encontrar de
frente con una realidad bien concreta de su tiempo: el mundo estaba guiado por
el binomio “honor/deshonor”, de ahí que se dividiera al mundo en dos: a)
quienes nos dan honor y, b) quienes nos quitan honor.
Con esta división, la gente
organizó su vida en torno a conductas destinadas a conseguir más honor y evitar
el deshonor. Una de las cosas que, ciertamente, daba más honor en el tiempo de
Yeshua era el cumplimiento de la Ley.
Juntarse con personas virtuosas en su cumplimiento de la
Ley era, en automático, algo que daba estatus y honor. Vestirse de cierta
manera, hablar de cierta manera, actuar de cierta manera – y mucho de ello
girando en torno a la Ley – era asegurar un aumento en la nómina del honor.
Por ello, quienes no daban honor
o quienes lo habían perdido por alguna causa – casi siempre, repito,
relacionada directa o indirectamente con el cumplimiento de la Ley – eran
relegados, marginados o de plano expulsado del tejido social de la época.
Ejemplo claro de ello eran las
personas consideradas “impuras”, los “pecadores” y, sobre todo y por obvias
razones, los “posesos”, al lado de quienes estaban las prostitutas, los
enfermos (que en la visión del judaísmo de aquel tiempo, estaban enfermos por
razones religiosas) y todos aquellos a quienes les sucedía alguna desgracia que
era interpretada como un castigo divino por algún pecado oculto.
Yeshua, sabiendo que toda esta
división era absurda a los ojos de Abba, se dedicó sistemáticamente y con toda
intención a dinamitarla a ojos de quien quisiera verlo.
Primeramente, se acercó a las
personas “impuras” y a los “pecadores” y se sentó en su mesa a comer y a
convivir, cosa no sólo deshonrosa para su sociedad (que era una sociedad
religiosa) sino inaudita en la conducta de un profeta (de nuevo, según lo que
creía la gente, pues si leemos los textos proféticos con atención hallaremos
estas conductas escandalosas en ellos)
Yeshua se sienta a comer con
prostitutas y cobradores de impuesto, cuyo oficio de colaboración directa con
el Impero opresor los convertían en seres odiados. Se sentaba a comer con los
enfermos, con las mujeres… Incluso llegó a decir a sus seguidores que los
mejores banquetes a los ojos de Abba son aquellos donde los comensales son “los
pobres, los ciegos, los cojos, los paralíticos”, es decir, lo que no vale ni
cuenta para el concepto de honor de su tiempo.
La cena de despedida, que será el
gran signo de la vida de Yeshua y de su gracia dada a sus seguidores, era una
cena deshonrosa: mujeres, pescadores, recaudadores, guerrilleros… y ningún
sacerdote, escriba o fariseo entre ellos. Será a esta deshonrosa reunión de
comensales a quienes Yeshua heredará su espíritu y el Espíritu de Abba, a
quienes les compartirá su misión de sanar, liberar, consolar y perdonar.
Punto aparte merecen los
“posesos” que serán el culmen de la misión liberadora y profundamente
subversiva de Yeshua.
En el mundo de las religiones
Dios es el Bien, la Luz, el Amor. Pero hay un principio misterioso, unas veces
subordinado, otras veces autónomo, pero nunca bien explicado: el enemigo, el
malo, el Demonio, Satán, Satanás, Luzbel y un montón de nombres que se la han
dado al famoso personaje.
Desde la concepción religiosa, el Enemigo vive “opuesto” a Dios, haciendo el “trabajo sucio” de Dios o bien, logrando con su astucia separar a los hombres de Dios. [No diré aquí si esto es posible o no, sólo presento la opinión común del papel de la figura del Enemigo en las religiones que lo consideran un ser real]
Con este trasfondo podemos darnos
una idea de lo que ser “endemoniado” o
“poseído” significaba en la cultura religiosa de Yeshua: la más absoluta
aberración de un ser humano que, cegado, buscaba aliarse con el enemigo de
Dios. Obviamente, las personas consideradas posesas eran el signo más poderoso
del deshonor, la inmundicia y la impureza a los ojos de los judíos del siglo I,
por ello eren relegados a la más absoluta marginación, marginación que, además,
ellos mismos habían buscando al aliarse con el mal voluntariamente.
Conocemos hoy la existencia de
lugares despoblados donde los “posesos” eran obligados a vivir, desterrados de
sus familias, de su sociedad y de la relación con Dios. Ahí, se consumían en la
miseria y el abandono, conscientes de que su muerte significaría el castigo
eterno de parte de Dios sobre ellos.
Yeshua no está de acuerdo con
esta visión y se va a enfrentar a ella cada que tenga oportunidad.
Cuando un poseso sale a su
encuentro, Yeshua lo silencia (signo importante para su pueblo, pues la Palabra
era un don que pertenecía a Dios) y con el poder de su palabra – palabra que
era Palabra al provenir del Espíritu Divino que lo guiaba – libera al poseso de
su estado, reintegrándolo en la sociedad.
Es como si dijera que no son los
hombres religiosos quienes tienen poder sobre el mal, sino él que es nada más
un carpintero. Que no son los rituales sagrados los que provocan la liberación,
sino una palabra de poder. Que la religión oficial es incapaz de liberar a los
posesos, cuanto más se conforma con expulsarlos, por muchas liturgias, salmos,
cánticos, danzas o sacrificios que haga. Que el poder auténtico es de Abba y
Abba lo ha compartido con “este hijo de hombre” que, por si todo esto fuera
poco, viola la Ley a sabiendas.
¿Resultado? Los líderes
religiosos verán a Yeshua en su verdadera dimensión: un peligro para todo su
estatus, para las enseñanzas que han repetido por siglos, para sus complicadas
liturgias y para el control económico que tienen sobre el pueblo, e incitarán a
muchos a ponerse contra Yeshua.
Al final encontraremos a los
líderes religiosos y sus seguidores diciendo que Yeshua es un endemoniado, un
poseído, un blasfemos, un samaritano, un bastardo, un iletrado que no conoce la
Ley y desvía al pueblo, un brujo que realiza sus exorcismos por un pacto con el
mismo enemigo de Dios (1). Por otro lado estarán quienes se preguntan
seriamente si un hombre que pacta con el enemigo de Dios puede sanar a los
enfermos, ya que la sanación viene de Dios.
¿Cómo puede este hombre dar vista a los ciegos si es un pecador? Se
pregunta el pueblo en el evangelio de Juan. Mas,
si da vista a los ciegos – cosa que sólo Dios puede hacer - ¿no es porque viene
de Dios? Y si viene de Dios y viola
la Ley ¿es que la Ley no viene de Dios? ¿Es que Dios no aprueba la Ley que se
nos ha enseñado? ¿Es que los sacerdotes y todo su tinglado están equivocados?
¿Es que el Dios de los sacerdotes no es el verdadero Dios de Israel, y el Abba
de este carpintero sí lo es?...
La muerte de Yeshua nos dice
quienes serán los ganadores en esta contienda, quienes detentaban un poder lo
suficientemente mortífero como para asesinarlo, quienes tenían las influencias
necesarias para exterminarlo porque “más vale que muera este hombre y no que perezca
toda la nación.”
La práctica espiritual del sufí
de Yeshua consiste en evidenciar los mecanismos sociales y religiosos que
provocan la exclusión y el rechazo, aunque estén justificados al más alto nivel
(“así lo quiere Dios”, “es por el bien de la Patria” o el tristemente célebre
“es asunto de seguridad nacional”)
Evidenciarlos, sí, pero al mismo
tiempo es crear espacios que permitan la re inclusión de los que han sido
expulsados.
Y lo más importante de todo,
favorecer que los expulsados sepan que su situación es injusta, que no es
querida por Abba, que no es culpa suya y que pueden sentirse dignos de sentarse
a la mesa, regresar a sus hogares y levantar la mirada dignamente.
[1] Esta
será la acusación oficial que los sacerdotes hicieron a Yeshua y por la cual lo
condenaron a muerte, según nos dicen algunos escritos judíos.
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