martes, 19 de junio de 2012

Libro II: La voz del dicípulo


Cada profeta tiene su propia personalidad, sus diferencias, sus acentos propios. La Gracia Divina que los unge no elimina su personalidad, sino que la hace más plena, más profunda, definitivamente más humana.

Es por ello que, a pesar de que Dios es Uno, las experiencias proféticas son diversas en ciertos aspectos, lo que nos ofrece un panorama de la Realidad Divina que no se agota – ni puede agotarse – en una sólo expresión profética, sino que, cual vitral de Catedral Gótica, cada pequeño cristal profético, refleja un tono distinto de la Luz Divina que el Misericordioso entrega a su mundo por Amor.

En este escrito quiero exponer el acento particular que la Luz Divina refleja cuando pasa a través del Noble Maestro Yeshua de Nazaret.

Sin lugar a dudas Yeshua vivió absolutamente entregado al Absoluto, pero lo comprendió absolutamente Cercano, Tierno, como una Presencia Cálida, Sanadora y Dignificadora. Cuando Yeshua quiso acercar su experiencia de Dios a la gente, se dio de frente con el sistema legalista del culto judío de su época que “ponía cargas pesadas sobre los hombros de los pobres” y separaba a “los justos” de “los pecadores”.

Yeshua se dio cuenta que, si quería hacer creíble su mensaje de que Dios era Abba (papito) de todas las personas, debía tomar partido por ciertas cosas, lo que en automático lo pondría en contra de ciertas otras que eran, justamente, las que sostenían el tinglado del judaísmo de aquel tiempo.

Y Yeshua habló.

Dijo que el respeto a las normas de pureza en los alimentos no servían de nada sin una actitud interna de respeto por la dignidad del otro; dijo a los fariseos – líderes espirituales indiscutibles – que se preocupaban mucho de las cosas sin importancia mientras descuidaban lo que realmente importaba a los ojos de Abba: el amor, la misericordia y la justicia; dijo a los escribas – expertos en la interpretación de la Torah – que no conocían a Dios ni su poder cuando intentaban limitarlo a sus creencias de grupo; Dijo a los sacerdotes que las prostitutas entrarán primero al Reino de Abba que ellos.

Yeshua habló y dijo que Dios no era Dios, un poder frío y lejano, altísimo entre lo más altísimo del más allá, sino un Papá tierno y compasivo que amaba a cada uno de sus hijos e hijas.

Y dijo que, en el caso de los que creyeran en su mensaje, no sería el culto religioso lo más importante (ni el Templo, ni los sacrificios) ni siquiera las largas letanías orantes ni los ayunos, sino el corazón misericordioso que, como hace Abba con todos, se muestra cercano a las necesidades, se deja tocar por el dolor y la miseria ajena que por ello mismo deja de ser ajena para hacerse propia.

Yeshua enseñó que si bien el amor a Abba debe estar por encima de todo amor, este amor no se manifestaría para sus seguidores ni siquiera en actos de adoración, postraciones y oraciones a determinadas oras. Él enseñó que la oración a este Dios era simple, sencilla y concreta, sin horarios fijos, porque para Yeshua la oración no es tanto una obligación ontológica de la criatura cuanto un acto de amor que nace de saberse amado y acogido incondicionalmente.

El amor a Abba, según Yeshua, no es de hermosas palabras, nacidas de la emoción o del éxtasis de adoración, sino un amor en acción a favor de los desamparados, de los rechazados. Por ello no es quien dice: “Señor, Señor”, por muy hermosamente que lo diga, sino el que HACE lo que Abba quiere: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento….

Yeshua cambia el sentido profundo de lo que es religiosidad, piedad, amor a Dios, oración, y convierte estas palabras en nuevas: sólo tienen sentido cuando se inscriben en una actitud de amor al ser humano y de servicio concreto a los más abandonados y rechazados de todo sistema social o religioso.

Para Yeshua es claro, por ejemplo, que no importa cuánta oración se haga, si esa oración no está incrustada en actitudes de servicio real, concreto, que promueva la dignificación y el empoderamiento de la gente. Es decir, tampoco basta cualquier tipo de servicio que promueva cualquier resultado entre la gente, si no sólo aquel servicio que promueve dignidad, justicia y solidaridad.

¡Si esto lo tuviéramos claro los que pretendemos seguir su camino!

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