La justicia bíblica no es la
justicia romana: dar a cada uno lo que merece. La justicia bíblica, la que
pertenece a Dios, consiste más bien en dar a cada uno lo que necesita. Por eso
la acción de Dios es salvar misericordiosamente a los que necesitan de
salvación y en eso, en salvar, consiste el ejercicio de su justicia. Podemos
decir, pues, que la justicia de Dios es “justificar”, más que “juzgar”.
Dar a cada uno lo que necesita
es, sin duda, una justicia mayor que la justicia distributiva que depende de
los méritos. Yeshua, inspirado por esta visión de la justicia divina
profundamente enraizada en la tradición profética de Israel, buscaba dar a la
gente lo que necesitaba:
b) Ante los campesinos pobres que necesitaban un cambio,
c) Ante las mujeres que necesitaban ser valoradas,
d) Ante los pescadores que necesitaban saldar sus deudas,
e) Ante la adúltera que necesitaba ser salvada de sus asesinos…
Para el sufí de Yeshua, la lucha
por la justicia le requiere tener los ojos y el corazón bien abiertos para
detectar las necesidades reales de las personas con las que trata y que no
siempre son evidentes. Quizá se trata de necesidad de sentirse amados,
acogidos, aceptados; quizá se trate se necesidad de ser escuchados,
considerados; quizá sea necesidad de ser promovidos, animados, orientados; tal
vez se trate de necesidad de ser reivindicados, atendidos; a lo mejor son
necesidades materiales como alimento, dinero, ropa, medicinas, pero quizá se
trate de necesidades más profundas: ejercicio de sus Derechos, reclamo de su
dignidad, servicios educativos o de salud… Quizá sea necesidad de una relación
saludable con Dios.
Detectar estas necesidades y
hacer lo que estén en nuestras manos no para aliviarlas, sino para involucrar a
las personas en su propio proceso de alivio, porque, recordemos, siempre es más
justo entregar las posibilidades a quien requiere justicia que convertirnos en
redentores usurpando el lugar que a ellos les corresponde, lo que es, además,
un acto de injusticia.
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